sábado, septiembre 15, 2007

26 de noviembre de 2005

Pasamos momentos complicados, a veces desagradables, cada vez que nos ponemos a pensar, analizar cuáles son las causas de que nuestros países estén como están. Tiene nombres ese estar: hambre, exclusión social, clasismo extremo, impunidad, corrupción, desaliento... la lista es larga y doliente. Y sobre todo real.
Pero no nos ajustaríamos a la verdad si nos quedáramos en la autoflagelación, como a veces hacemos hojas del árbol de los pueblos caídas, juguetes del viento del neoliberalismo.

La década del ’80 se inició casi con un cartón lleno de dictaduras en nuestros países latinoamericanos. Los vientos cambiaron unos años después, algún día sabremos las razones. Quién sabe si Margaret Thatcher hubiera tomado la decisión de olvidar las dos islitas en el Atlántico sur, hoy contaríamos el octavo presidente militar en Argentina, o la continuación del genocidio.

Cuando en el 83 nos fue concedida la democracia, empezamos a saber cosas. No por una toma de conciencia voluntaria y anhelada del conjunto de la sociedad, más bien por el trabajo irrenunciable de agrupaciones, mencionaremos a las madres y abuelas de Plaza de Mayo, al Serpaj, entre muchas otras, y a algunos periodistas que hablaban para casi nadie. Asistimos como abofeteados por una seguidilla de verdades a revelaciones que nos costó sólo imaginar. Así tuvimos que digerir, o estamos digiriendo, vuelos de la muerte, tumbas NN, colectivas, torturas, secuestros, saqueos, todo prolijamente organizado en un plan Cóndor.
Era un tiempo extraño, porque se mezclaban la fiesta de poder andar sonriendo por la calle, con las noticias de la dictadura, retrasadas. Fue extraño y fue jodido, y no sabíamos muy bien dónde ponernos, qué sentir, cuando sentíamos todo a la vez. Para dar una idea, mientras compartimos este latido de radio, siguen investigándose identidades de niños robados, que hoy tienen treinta años. Un impasse para imaginarnos qué debe significar para una mujer o un hombre de treinta años, enterarse de que es otra, otro.

Treinta años. Causalidades de la vida, los mismos desde que se murió el último dictador que asoló estas tierras. El tipo la hizo bien. ¿A qué se referiría cuando aseguró haberlo dejado todo bien atado? ¿A su sucesión, ni ayer ni hoy cuestionada? ¿A la impunidad? ¿Alguien se plantea saber qué sucedió durante esos años? ¿O para la catarsis de cuatro décadas alcanza con el Cuéntame cómo pasó? Ya puestos, ¿Así pasó? Crecimos admirando la España moderna y colorida, que había superado una guerra civil y una dictadura fascista-, ahora sospechamos que el verbo es ocultar.
Espero no cometer con este planteo delito de lesa transición, pero desengañémonos, algún día España tropezará con el nudo del caudillo, y habrá que desatar sin miedo.
Bienvenidos a el tren

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