sábado, septiembre 15, 2007

8 de octubre de 2005

Nada escapó al nuevo Estatut esta semana. Ni los opinadores profesionales, que jamás ocuparán su tiempo en hojear ninguna iniciativa cuyo origen sea Catalunya, ni el ejército del aire, que hizo una exhibición coincidente con la aprobación en el Parlament, ni la mezquindad del showman del Club de los Leones de Piedra. España parecía despertarse sobresaltada de un sueño de un cuarto de siglo sin saber muy bien cómo reaccionar. Y todo por un texto que no conoce apenas.

Desde que llegué a esta tierra me cambiaron el sentido de algunas palabras. Adopté con naturalidad al autobús, al ordenador, con algo menos bebí infusiones, y al sol de hoy no he conseguido coger un taxi. Uno de los cambios más sutiles y significativos fue el de la solidaridad. Todavía me sorprende bastante el tono con el que se habla de solidaridad, porque la entendía como una forma de benevolencia, de identificación con las dificultades de otro, que deviene en una ayuda de alguien que tiene más hacia otro alguien que tiene menos. Entendía que la solidaridad era en principio un sentimiento, y en consecuencia una actitud centrífugos, desde el solidario hacia los demás, yo tengo y comparto apoyo, dinero, comprensión, oído, atención, lo que sea necesario y a quien lo necesita. Pero yo decido dar y compartir.
En cambio, de lo que se habla habitualmente es de una solidaridad centrípeta, es decir, deciden la solidaridad los otros, los que reciben, con el agravante de que tienen el poder de decisión. Si en mi barrio alguien me detuviera por la calle, y ejerciendo un factor de poder -un arma, una constitución- me exigiera solidaridad, podría deducir que al ladrón le gustan los eufemismos. Pero no se puede trasladar lo particular a lo estatal, lo sé. Ni la idea de solidaridad que reina en mi barrio a iberia, que ya tiene la suya propia, a medida.

No llega a ser un consuelo, pero mi argentinidad se siente menos sola. Si la historia avanza en las desavenencias europeas, no sé por qué no lo va a hacerlo en las del Gran Sur. Menos sola y más cerca.
Bienvenidos a el tren.

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